Si nuestro corazón no cambia, seguir las reglas de Dios será desagradable y difícil. Nos rebelaremos contra lo que se nos ha dicho en cuanto a vivir. Sin embargo, el Espíritu Santo nos da nuevos deseos y nos ayuda a querer obedecer a Dios. Con un nuevo corazón, encontraremos que servir a Dios es nuestro mayor gozo. No es más un conjunto de reglas y principios externos. El Espíritu Santo nos recuerda las palabras de Cristo, activa nuestra conciencia, influye en nuestros motivos y deseos, y hace que deseemos obedecer. Hacer la voluntad de Dios ahora es algo que deseamos con todo nuestro corazón y toda nuestra mente.